martes, 16 de septiembre de 2014

POR LA CATEDRAL DEL SENDERISMO Y MÁS.

Vaya por delante que no se como coño he acabado en Benidorm. Quizá el matriarcalismo
imperante en mi casa, con dos mujeres con los ovarios bien puestos, tenga algo que ver y el hecho de que, el resto del año, hago, previo acuerdo, lo que me sale de los mismísimos. De una forma o de otra, después de los Alpes, se impone una semana de playa con la familia (la directa y la política) y allí que estamos.
Constato con creciente sorpresa y admiración que Alicante, donde no había estado, es un territorio montañoso, con profundos barrancos labrados en calizas, abundancia de ferratas, recorridos más o menos interesantes y mucho arte rupestre escondido en los recovecos de esas peñas... pues mira igual no va a estar mal la semana.
Ola de calor africano que aplatana al más pintao... chiringuito, playa, chiringuito, playa, sobrinos echando arena a los ojos, ducha, paseo en calles atestadas, playa, sobrinos echando agua con el p*t* cubito por encima, tetas, chiringuito, terracica, tetas, playa, sobrinos pidiendo a gritos un helao.... hasta que el jueves decido que, si o sí, hay que cambiar de rutina.
Me decido, entre varias opciones, por la llamada, pomposamente, "Catedral del senderismo" Vamos a ver si es para tanto.

Me levanto a las cinco de la mañana .
 Joder... ya hace calor. Cojo el coche y, previo pago de 3 lereles en el peaje y recorrer retorcidas carreteras de montaña,  me planto en un lugar llamado Fleix, uno de los pueblos que conforman la Vall de Laguart justo cuando empieza a amanecer.
Fleix es un pueblo pequeño, encalado, colgado de un barranco. No hay ni un alma por las calles. Aún así, localizo enseguida señales de PR que me llevan, tras unos metros por carretera, a la antigua fuente y al lavadero, seco como el chichi de la barriguitas. Enseguida la senda se desvía a la derecha y empieza a bajar en picado por la pared del barranco que tengo a la derecha.
Sorprendente el trazado, buscando las viras y haciendo largas zetas, sorprendente el mantenimiento de la senda, perfecto, empedrado y muy bien señalizado y sorprendentes los cientos (bueno, en realidad dicen que hay 6800) escalones que nos ayudan a bajar o subir las pendientes.
Más tarde, (tengo la mala costumbre de primero ir a los sitios y luego informarme de lo que he visto) me enteraré que esos caminos son herencia morisca cuando éstos fueron arrinconados en las zonas más escarpadas tras la conquista cristiana de ese territorio en 1244.
De una forma o de otra, llegamos al fondo del barranco Girona una enorme extensión de gravas blancas y cegadoras. Aguas arriba se desarrolla el Barranc de l'Infern, una de las joyas barranquistas de la península, que también quería hacer antes de llegar a la conclusión que allí solo y con esas temperaturas, si me pasa algo, me encontrarán como la momia de Ramses IV. Lo dejo para ocasión más propicia, más cuando, después de terminar el recorrido, veo que en una zona muy reducida hay, al menos, cinco barranco equipados.
Continuamos ahora hacia arriba y con la misma tónica. Sendero perfectamente mantenido y señalizado y cientos de escalones por superar. Afortunadamente, las numerosísimas curvas de la senda hacen que la pendiente sea muy moderada, cosa que se agradece porque son las ocho de la mañana y hace un calor que te cagas... no quiero ni pensar la que va a hacer a las doce.
Llego a las ruinas de lo que antes fue algo parecido a un minipueblo. Es el Pou de Juvea  donde la senda se convierte en pista. Paso por una zona de huertos cultivados (aquí se puede llegar con coche desde algún lado), un pozo, una fuente de la que no bebo porsiaca, (que estoy fuera de mi ecosistema y mi estómago no estará acostumbrado a virus meridionales) y enseguida llego a un pequeño pueblo, este habitado y más o menos mantenido. Es Juvees d'enmig donde abandono la pista y vuelvo a coger
la senda. Ésta baja otra vez en picado, pasando al lado de unas paredes que reflejan el calor de forma agobiante y una fuente  de la que, esta vez si, bebo y relleno la cantimplora mientras me como todos los higos que tengo al alcance de la mano en una higuera gigante al lado del camino.
Vuelvo a estar en el cauce seco del barranco. Lo que he hecho ha sido salvar, por arriba, la parte deportiva que ahora, me queda aguas abajo aunque hacia arriba veo un hermoso estrechamiento del cauce.
Vuelta a subir por una ladera pedregosa y reseca, entre fajas de antiguos cultivos hasta que llego a las ruinas de otro pueblo, Juvees d'alt. Nada que ver, ruinas y basuras por doquier y esa sensación de mal rollo que me asalta en algunos lugares y a la que siempre le hago caso poniendo tierra de por medio. Nueva bajada, esta vez al fondo del barranco de Racons (equipado también para descenderlo) y vuelta a subir a ganar la altiplanicie donde está asentado Benimaurell. Afortunadamente, en esta última subida, tengo una pared muy alta, muy cerca y situada al sur que me tapa el sol porque, las pocas veces que me pega, es casi insoportable el calor. Hasta las plantas, que deberían estar acostumbradas a esta tostada, florecen solo bajo estos acantilados. Hay cientos de espigas de Urginea marítima, bellísima planta que me recuerda a los abozos de mis queridas montañas norteñas.
Un esfuerzo más, medio litro de sudor tirado y llego a Benimaurell, pueblo vecino a Fleix, desde donde he salido hace ya un rato y al que llego por una pista asfaltada entre huertas.
Pues hombre, catedral, lo que se dice catedral.... estos no han visto Sobrepuerto o Guara u Ordesa, por poner dos o tres catedrales de las de aquí... pero vamos... que ha estado bien... quizá, en vez de catedral vamos a dejarlo en iglesia parroquial.
Y como sobra día (es lo que tiene madrugar) y estoy relativamente cerca, me decido a rematar la jornada en la llamada por las guías "Capilla sixtina del arte neolítico" ( Lo que si es cierto es que estos alicantinos no tienen agüela que los pondere).
Carretera hasta el llamado Pla de Petracos donde se abren varios abrigos, muy parecidos a los de Guara, pero con arte macroesquemático y declaradas, hace no mucho, patrimonio de la humanidad por la Unesco.
Interesantes, más que nada porque las pinturas son enormes y la simbología (cuando te la explican) bastante evidente. Por ponerle un pero, que la valla está muy lejos y hay que tirar de zoom a tope para poder hacer una foto en condiciones.
La verdad es que paso mucho rato allí yendo de uno a otro y del otro al uno. Curiosamente (o no) no hay ni Dios.
Aún visité algún yacimiento cercano, bastante menos interesante, más vallado y con pinturas peor conservadas. Me quedé con ganas de más arte rupestre pero la temperatura es insufrible y la tentación de la playa, el chiringuito y el sobrino echándote agua por encima es muy grande así que lo dejamos para otra ocasión.
Hala pues...

lunes, 8 de septiembre de 2014

PICO ROYO Y CULIBILLAS.

Recién llegado de los Alpes y con vacaciones por delante (sí, ya... que bien vivo... quién fuera funcionario... se os está de cojón que os quiten las pagas... sois todos unos vagos...etc, etc, etc...) decido que no es bueno bajar desde los 4600 m. a los 890 sin un paso intermedio, así que me voy a darme una vuelta por la Bal sin rumbo fijo. Además, ya tengo ganas de salir con el perro que lleva un montón de días sin hacer mas que comer, dormir y perseguir gatos.
Aparco en el Corral de las mulas. Conforme subía me doy cuenta que en el Anayet y zonas aledañas he estado un montón de veces pero en los picos que lo anteceden no he estado nunca. Allí que voy, a ver que sé hacer.
El camino (carretera en este caso) es común hasta llegar a las maravillosas, integradas en el entorno y futuristas instalaciones de Arramón. Allí, la senda hacia la zona de Anayet se va a la derecha, por el barranco, y yo tiro de frente por una pista de esquí con sus cañones, sus desmontes, su vegetación alóctona y su erosión que tira hacia el sur.
Afortunadamente, en menos de una hora la abandono y entro en un vallecillo colgado que me deja en uno de esos rincones paradisiacos que tenemos, a veces, tan cerca de casa.
Se trata del ibón de Lapazuso situado en una cubeta que, como un balcón, nos muestra todo el Pirineo axial allí mismo, al alcance de nuestros ojos.
Geológicamente, la zona es muy interesante. Estoy caminando sobre areniscas volcánicas de un intenso color rojo que, al ser bastante blandas, han sido intensamente erosionadas. Por eso, todo está salpicado de bloques de diferentes tamaños y el ibón prácticamente está colmatado y llamado a convertirse, más pronto que tarde, en una turbera.
Continúo por una canal y salgo a otro resalte donde ya veo el pico Royo, a mi izquierda y bastantes metros más arriba. Con paciencia sorteo algún nevero que todavía queda en pleno agosto y cojo una arista herbosa que me deja en un canalizo de roca, señalado con un gran hito, que debe ser el paso clave para acceder a la punta del pikachu. 2429 m y unas vistas de espanto. Toda la muralla de la Partacua enfrente, a mi derecha se extiende hasta perderse más allá del Bisaurín y a la izquierda en Monte Perdido. A mi espalda, todos los picos de la Bal de Tena y justo debajo la Canal de Izas.
 En el GPS veo que hay paso por toda la cresta para acabar si quiero, si me acompañan las fuerzas y me deja el tiempo, en el vértice de Anayet. Así que como todavía es pronto ni me lo pienso. Bajo del pico hasta el primer rellano, vuelvo a sortear los neveros y subo hasta un collado que lo separa del pico Culibillas que, visto desde aquí, casi que acojona.
 Al final es bastante más fácil de lo que aparenta, aunque si pretendemos ir justo por el filo de la cresta, hay un paso en calizas grises pulidas como un espejo que acojona un rato. Tanto que el perro se niega a pasar después de intentarlo dos o tres veces y tener que recular por que no había forma de que se agarrara allí. Anda que no va a tener que contar a sus nietos este perro!!!!
Él por un lado y yo por otro, llegamos a la cima de Culibillas de 2509 m. de vellón.
No se que me ha pasado pero, de repente, me ha dado bajón. Sin más.
Decido abortar aquí la arista y buscar, si se puede, un descenso directo hacia el barranco y la senda de subida a los ibones que veo muchos metros más abajo. Desciendo del pico por su cara oeste y llego a un collado en el que, aparentemente, es factible la bajada hacia el  norte aunque no hay una sola traza de paso ni hitos ni nada que indique que, por allí, se puede bajar.
Y lo cierto es que se baja relativamente bien hasta lo que parece un ibón colmatado convertido hoy en una planicie idílica de hierba verde y aguas serpenteantes. El umbral del antiguo ibón es un barranco que, más mal que bien, me permite, tras destrepes varios, llegar al trilladísimo y atestado de gente camino de los ibones de Anayet.
Antes aprovecho para fotografiar la rarísima Gentiana burseri que, pese a las alturas del año a las que nos encontramos, está lozana y con la cara recién lavada.
Ahora solo me queda volver por terreno conocido al coche no sin antes visitar algunas droseras que tenemos controladas en los humedales cercanos al río y que encuentro machacadas, comidas y cubiertas de mierda de las putas vacas... cada día les estoy cogiendo más asco a estos bichos... no me extraña que nos las comamos.
Aquí tenéis el track. Joooodo.... 1200 m. de desnivel y en ayunas... ya se que me ha pasado. Cagüenlaaaa!!! No voy a aprender nunca, coño!!!!
Hala pues...

Inciso:
Cerrando este post, me llega un tráiler del vídeo que está preparando Roberto de nuestra estancia en los Alpes hace quince días... la verdad es que no me puedo resistir. Aquí lo tenéis:


sábado, 30 de agosto de 2014

MONTE ROSA Y MAS, UNA SEMANA POR ITALIA (Y 2)

Miércoles 20.
Toda la noche ha discurrido plácida y tranquila. ¿Toda? ¡No! Quien más quien menos (algunos más
que otros) ha sentido los simpáticos efectos de la falta de oxígeno. Estos, básicamente, se traducen en malestar general, dolor de cabeza, estómagos revueltos y falta de sueño que hace que las horas pasen leeeeeeeeentas y la noche sea un continuo dar vueltas y subir y bajar de la cama. Hasta un servidor, que presume de dormir como un ceporro en cualquier circunstancia, ha tenido un sueño ligero, plagado de pesadillas y sueños raros en los que yo era uno de los dobles de Nacho Vidal para las escenas de riesgo extremo.
La cosa es que, por la mañana, los ánimos no están como para tirar cohetes ni para grandes empresas. Eso sí, esperamos el amanecer desde la ventana para ver como el sol emerge sobre un compacto mar de nubes y tiñe de rosa palo y rosa fucsia y rosa rosa las montañas de Suiza. Por cierto, pese a lo que la gente cree, el topónimo del macizo no tiene que ver con estas variedades cromáticas con las que nos obsequia, si no con un idioma franco-provenzal, hablado en las regiones que lo rodean de Francia Italia y Suiza donde rouese, rouja o roisa significa "glaciar". Así pues, estamos en el monte de los glaciares y no en el monte del pink power.
Gabinete de crisis mientras el desayuno se atasca en la garganta (otro de los síntomas del MAM).
Hace un día completamente despejado, brillante, magnífico pero frío, muy frío y ventoso de cojones.
Tenemos una noche más reservada en Margarita pero decidimos cambiarla y bajar a Gnifetti cosa que decimos al guarda y que amablemente nos gestiona.
Vuelta otra vez al ritual de colocar hierros, punchos, arneses, cuerdas y demás artilugios ¡Kankel! ¡Que te vas a ahorcar con esa cuerda! ¡Que así no se lleva!
Salimos al exterior. El golpe es brutal. Un helador viento nos sacude y casi nos arrastra mientras dispara nieve a la cara que se clava como perdigones. Afortunadamente, en el momento que descendemos al collado entre la Signalkuppe, donde está el refugio, y el Zumsteinpitze, disminuye ostensiblemente. Of course, en estas condiciones, el Zumstein ni nos lo plantamos. Hay una arista cimera afilada como una navaja y con abismos hacia Suiza e Italia que no nos apetece probar.
Bajamos al gran plateau y vemos que, subiendo al Parrotspitze, hay varias cordadas. Pese al viento que a veces nos zarandea y que incluso hace que perdamos de vista la cordada precedente, iniciamos el ascenso en un ambientazo completamente invernal y alpino.
Con vistas al glaciar de Sesia, muchos metros más abajo, la huella bordea el abismo, se encarama a un mínimo collado e inicia una preciosa arista nevada que nos deja en la cima de 4436 m.
Ni una foto de grupo se puede hacer. Pitando vamos hacia abajo donde cada vez sopla menos el viento.
A la vez que descendemos, los cuerpos se van arreglando y el ánimo aumenta. El siguiente pikachu por donde vamos a pasar será el Ludwingshohe, apenas una colineta de nieve que emerge 300 m. por encima del glaciar. Hemos hecho más de 1200 km para esto ¿no? Vamos al lío.
Nuevamente a soportar el viento y la nieve clavándose en la cara. Pero merece la pena. Como el precedente, el pico éste tiene una preciosa arista de nieve por la que se llega a la cima de 4342 m. de vellón.
Desde allí se ve otro pico... el Corno nero o Cuerno negro, una peña aislada y negruzca con un solo punto débil. Una pala de nieve, empinada como picha de novio, que lleva directamente a una arista y ésta a la cima presidida por una madonna de metal.
Este será el último... pero hay que pensárselo. Así como los otros eran eminencias sin apenas dificultad, este se le ve complicado, con tramos de mixto y una arista afilada donde, un pequeño error, nos llevaría a la primera fila del concierto que van a dar a dúo Peret y Elvis.
Dejamos bajar una cordada e iniciamos el ascenso con cuidado y buena letra.  Cuando estamos llegando arriba, un megaguía con su cliente-perrito nos dan alcance y, sin despeinarse, nos pasan por encima como un tren. Será H*j* de P*t*a!!!! mecaguen D**s!!!! si me ha empujao y todo!!!!
Cabreados dejamos allí al guay, que Dios confunda, con su cliente haciéndose fotos y bajamos otra vez al collado.
Ahora si. De los 8 picos posibles hemos subido 6. El Zumstein se queda para otro año y la Punta Dufour es inviable por esta vertiente a menos que seamos Spiderman. Nos podemos dar por satisfechos.
Ahora solo queda bajar por el glaciar de Lys y llegar al refugio donde nos espera una tarde tranquila de cervezas y conversación mientras vemos como se nubla y empieza a nevar como si estuviéramos en enero.
Jueves 21.
Esta si que ha sido una noche plácida. Hemos dormido todos como lirones. Tanto que ni nos hemos enterado de que la gente a marchado muy pronto y nos hemos quedado solos en la habitación.
En realidad no hay prisa. Hoy tenemos apenas una hora de descenso a la telecabina y otra más hasta el valle. Así que desayunamos tranquilamente, vemos el día espléndido que ha salido y los cientos de personas que suben a donde nosotros hemos bajado (deben manejar unas previsiones meteorológicas distintas a las nuestras) y tras equiparnos y recoger, tomamos el camino de regreso que se hace en un tris. Hemos bajado por otro camino, tallado en la roca y equipado con maromas, que descartamos a la
subida por el peso de las mochilas. El caso es que, disfrutando del día llegamos a la telecabina que cogemos y nos baja a nosotros solos mientras el conductor (¿como se llama un conductor de telecabinas? ¿telecabinero?) nos da conversación y nos dice que ha estado en l'Aspaña varias veces haciendo monte.
Stafal otra vez.
Coche hacia abajo y paramos en Gressoney la Trinité donde vemos ¡que hay una ferrata!
Casualmente hemos traído hierros y artilugios para progresar por estos parajes así que compramos comida (no me dejan comprar vino) y comemos de picnic en una plaza mirando de reojo la pared por donde vamos a subir dentro de poco.
Ferrata delle Guide. Nos metemos en ella con los ojos vendados... metafóricamente hablando. Quizir, no sabemos ni dificultad, ni longitud ni tiempo... y encima, para Roberto es su bautismo en esto  de subir por peldaños y cables.
Pues muy maja, la verdad. Pasos atléticos, algunos quizá demasiado, desnivel, vértigo y resoplidos abundantes para superar los pasos muy bien instalados. El inicio de la vía ya advierte de que no va a ser cualquier cosa y la verdad es que salimos plenamente satisfechos... incluso obviamos el último tramo piu difficile en el que vemos a cuatro tíos penando para superar algunos pasos.... jodo, menos mal que no nos hemos pliplao una botella de vino comiendo que si nooooo....
Así que volvemos a la placidez del valle y la tarde la dedicamos al último acierto del día. Después de mirar en varios sitios, vamos a dormir en Lilianes, un precioso pueblo medieval donde hay un albergue en el que trabaja nuestra madre. Que no es, pero como si lo fuera.
Por un precio más que razonable, la amable hostelera y su marido nos preparan una habitación chachi piruli y nos obsequian para cenar con una variedad de platos valdostanos a cada cual más bueno. Si les hacemos caso, hasta han ido a buscar al monte los arándanos con nata que nos dan de postre aquella misma tarde. Sin duda el Ostello ou Crierel es un sitio a tener en cuenta si volvemos por este valle algún día.
Y ya se han acabado las jornadas de monte, que no la estancia en ese extraordinario lugar. Simplemente deciros que en la ciudad de Aosta disfrutamos como gorrinos en un patatal con los monumentos romanos y medievales perfectamente conservados y ¡de visita gratuita!, que nos comimos pizzas del diámetro de ruedas de carreta acompañadas de buen vino del valle y que Breuil-
Cervinia viene a ser como Formigal pero a lo grande en la base del mítico Cervino (que aquí muestra su cara más desconocida)  y que éste viaje entrará a formar parte y por derecho propio de uno de mis recuerdos imperecederos, comparable al día que me desprecintaron, el que me casé (aquí tengo alguna laguna) o en el que juré derramar hasta la última gota de sangre por defender la legalidad constitucional y sus representantes (Rajoy, Cospedal, el Principito-rey, la elefanta doña Leonor... etc, etc).
El viaje de vuelta, bien... en dos días, durmiendo en la monumental Aviñón y con circulación intensa... por cierto, os habéis fijao que barrancos se descuelgan de esa peña cerca de Grenoble??? ¡Seguro que están instalaos....!!!!
Hala pues....

martes, 26 de agosto de 2014

MONTE ROSA Y MÁS, UNA SEMANA POR ITALIA (1)

Un año. Un año ha costado pergeñar este viaje. Un año de guasaps, cenas, libros, mapas y reseñas de
internete para intentar saber donde nos metíamos y lo que nos íbamos a encontrar. Concretamente fue el 14 de agosto del año pasado cuando, tras hacer el Anayet por la vía del sarrio y borrachos de monte, decidimos que este año debíamos volver a los Alpes. Unos porque sí, porque queríamos volver tras nuestra experiencia de hace un par de años y otros porque querían conocer ese paraíso de hielo y rocas.

Domingo 17 de agosto. Demasiado pronto me vienen a buscar a casa Silvia, J.C. Roberto y Kankel en una furgoneta petada de mochilas, hierros y gente. Los últimos borrachos de las fiestas todavía danzan por las calles mientras cargamos la furgoneta a ritmo del D.J. Mataviejas.
Portalet, primeros intentos del navegador de que no vayamos a donde queremos y autopista hacia Chamonix. 14 horas de viaje con circulación densa a muy densa. A la altura de Narbona y hasta más allá de Montpelier, perdemos casi dos horas en atascos kilométricos. Así que, anochecido ya, llegamos a Chamonix donde pretendemos dormir.
Vuelta por la meca del alpinismo, cena en un garito y dormida en la gîte que ya conocemos de hace dos años y que sigue igual de bien.... mañana nos espera el valle de Aosta, con sol, según las previsiones ¡Cojonudo!

Lunes 18. Sin madrugar. Vuelta otra vez por Chamonix, últimas compras de cosas olvidadas y túnel de Mont-Blanc (52, 90 lereles ida y vuelta, mecagüen...) hasta llegar a Aosta y seguir valle abajo para coger otro valle afluente, el de Gressoney. Si el valle de Aosta impresiona en el de Gressoney se nos caen los buebos al suelo (bueno, a Silvia no...) Quizá sea lo más bucólico, bello, impresionante y espectacular que he visto en mi vida. Decenas de pequeños pueblecitos de arquitectura alpina colgados de las laderas, miles de flores en maceteros que no se hacen servir como ceniceros o papeleras. Ni un solo bloque de apartamentos rompiendo la estética. Bosques cerrados de alerces, piceas y hayas. Ríos caudalosos, cascadas que se despeñan de las laderas y cerrando el horizonte, cumbres nevadas que no conocemos pero a las que vamos directos.
Cuando nos damos cuenta, y limpiándonos la baba unos a otros, llegamos a Stafall, centro invernoestival donde parten las telecabinas que nos van a ahorrar un buen pateo. Comemos, organizamos mochilas y, cargados como mulos, vamos al lío.
Como por arte de magia (y tras montar y desmontar sucesivamente en tres telecabinas) pasamos de la placidez y verdura del valle y sus escasos 1700 m. a los ásperos, secos y rocosos 3200 m.  de la Punta Indren. Pensamos que esto no está bien, que para ser puristas deberíamos haber subido andando pero ello suponía un día más de acceso y otro de descenso de los que no disponemos. Además, pese a ser abiertamente antitelesillas, ya que están, habrá que usarlas... mismamente como el sexo, las drogas y el roncanrol que ya que están, pues habrá que usarlos ¿no?
Nada más salir de la última cabina nos damos de lleno con el menguado glaciar de Endre (Menguado para los Alpes, que comparado con los de aquí, eso es la Antártida.) donde empezamos a tomar contacto ya con ese mundo frío, pedregoso y bellísimo por el que vamos a transitar en los próximos días.
Pues sin ningún problema, cruzamos el glaciar, cogemos un sendero semitallado en la roca en el que hay maromas y clavijas que facilitan el tránsito y en un pis-pas, estamos en el Refugio Mantova desde donde se ve nuestro objetivo por hoy, el refugio Gnifetti, situado a 3647 m. lo que viene a ser, 243 m. más alto que nuestro Aneto.
En este viaje, una de las cosas que nos han quedado claras, es que nos encantan los refugios, hoteles y hostales italianos. Limpios, ordenados, excelente comida a un precio razonable, con guardas y guardesas amabilísimos y dicharacheros y ¡¡¡¡con güifi!!!!.
Como en todo refugio de montaña, confluyen aquí variedad de culturas e idiomas. Italianos, franceses, alemanes, belgas y spañolos que somos nosotros.
Nos asignan una habitación para los cinco, cuatro en litera de persona humana y uno (que soy yo por decir que ronco) en una especie de ratonera-perrera en la que ¡tócate los buebos! se está de maravilla con vistas al infinito.
La tarde la pasamos viendo como se echan las nubes encima y se despejan y se vuelven a echar de forma y manera que poco antes de la cena, nos regalan un anochecer de los de no olvidar acompañados de una inglesa que no deja de repetir algo así como "biutiful, biutiful" que, como supongo que no sabréis idiomas, significa españolito guapo, hazme tuya esta noche que te voy a dar lo tuyo y lo de tu prima.
Ignorando tales requerimientos, nos retiramos a cenar.
Excelente. No cabe otro calificativo. Bueno, abundante y exquisito es lo que nos ofrecen en forma de tres platos y postre de diseño.Como única nota negativa, la presencia en la mesa de dos germanos y una germana (de bastante buen ver, por cierto) que arramplan con las pizzas como si no hubiera un mañana, dejándonos ojipláticos y meditabundos de que, esto que acababa de ocurrir es, mismamente, una metáfora de la situación política actual.
Tras un té a precio de cubata de ginebra buena nos vamos a dormir.

Martes 19.
La noche ha discurrido plácida y calurosa.
Bajamos a desayunar escondiéndoles la mantequilla y las galletas a los german@s. Nos aviamos con cuerdas, hierros pinchudos y demás artefactos necesarios para la progresión en glaciar y nos asomamos a la calle donde reina un silencio sepulcral. No hay nadie preparándose y la niebla nos envuelve. Se han ido todos hacia arriba vista la huella de la que disfrutamos. Así que nos encordamos Silvia y J.C. por un lado y Kankel, Roberto y yo por otro e iniciamos, tranquilamente, la subida por el glaciar de Lys donde se intuyen, entre la niebla, enormes grietas comealpinistas.
No ha pasado una hora de ascensión cuando la niebla se disipa dejándonos disfrutar de un día, frío de cojones, pero de belleza inabarcable. Tanto es así que nos encendemos y alguien propone subir al primer cuatromil de la jornada. Si os digo que es la pirámide de Vicente no parece gran cosa pero si decimos la Vincentpyramid ya parece otra cosa... Pues a ella nos encaminamos a buen paso para coronar, sin demasiado esfuerzo, sus  4215 m. de vellón.
Abrazos, besos y fotografías a tutiplén, vigilados por los agrestes picos de Liskamm, antes de fijarnos que, a tiro de piedra, tenemos otro cuatro mil que, visto desde aquí, más que eso, parece un peñasco en medio de la nada. Allí que nos vamos.
Bajamos al collado y seguimos una huella perfecta que nos sube a otro collado y de allí, por una miniferrata, al Balmenhorn con su Cristo, su vivac y su antena situados a 4167 m. sobre el nivel del mar.
Entramos en el vivac. ¡Qué gozada! Se trata de un casetón abierto para todo el mundo en el que hay una cocinilla con butano, mesas, bancos, camas y mantas. Ni un gramo de basura en el suelo. Igualito que los refugios de aquí donde, cuando se acaba la leña a tres metros a la redonda, se quema el mobiliario y luego las puertas y las ventanas.
Después de echar un bocado volvemos a bajar y encaramos la subida al col de Lys donde, si las previsiones no nos fallan, deberíamos estar cerca del refugio donde pretendemos dormir.
Pues sí. Allí está el refugio, más o menos, a tomarpolculo de donde estamos.
mama mía... hay que bajar mucho a un gigantesco plateau de nieve y luego remontar una ladera que, ahora mismo, se nos antoja interminable. Venga va, paciencia y fuerza... pensar que allí tenemos cama y una galimba que nos va a saber a gloria aunque nos la cobren a precio de Moët Chandon.
Bajar es fácil, pero subir los 600 m. de desnivel que nos quedan hasta el Signalkuppe se hace eterno. Cierto es, llevamos ya tute y, además,  era verdad eso de que, pasados los 4000, falta el aire para algo tan básico como respirar.
Aún así, sin demasiados problemas, llegamos a la cima de 4559 m. donde, sorprendentemente, se asienta el refugio más alto de Europa.
Hay que echarle muchos huevos para construir, en 1883, un refugio aquí arriba. El que vamos a disfrutar es fruto de reformas posteriores que lo convierten en uno de esos sitios que no olvidaremos jamás.
Y no es por su belleza exterior, que parece un contenedor de obra, pero si por la amabilidad de sus guardas, su orden y limpieza, su cena exquisita y ¡¡¡¡¡porque tiene guifi que va como un tiro!!!!!! I fliping in coloring....
Nos registramos, pasamos la tarde entre charradas, galimbas caras pero que entran de maravilla y fotos en todas direcciones mientras llega la cena... y ¿sabeis qué? que nos volvemos a encontrar, en la misma mesa, con los germanos comepizzas que nos piden perdón por haber acabado con toda ayer... si al final van a ser majos y todo.
Poco después de cenar, cambia la luz. Abrigándonos, porque hace un frío de cojones, salimos al exterior para disfrutar de uno de esos espectáculos que solo se viven una vez en la vida. Se ha despejado del todo y vemos como el sol desciende rodando por la arista de los Liskamm para ir a perderse en el Atlántico entre el Cervino y el Dent Blanche.
Creo, que todos en mayor o menor medida, hemos tenido un orgasmo... un té para celebrarlo y a dormir que mañana hay tajo.
Hala pues... continuará

miércoles, 13 de agosto de 2014

BARRANCO RIMALO Y PALA D'OS RAYOS, UNA EN LAS PROFUNDIDADES Y OTRA EN LAS ALTURAS.

Último finde antes de marchar a las lejanas montañas septentrionales de Centroeuropa. Último finde
para entrenar algo y que se va, como todos los demás, al garete por la m*erd* el tiempo de los c*j*n*s. El plan A, de ir a Benasque y hacer la cresta de Literola lo descartamos viendo como el viernes se desploma el cielo sobre nuestras cabezas y, en apenas dos horas, cae el agua que cae en Almería en todo el año. Plan B. Mañana hacemos un barranco, nos vamos a comer, terminamos de cerrar los flecos del viaje y ya si eso, si el domingo el Sumo hacedor tiene a bien concedernos una tregua seca, nos iremos a subir metros y demás.
Así que el sábado sabadete, sin madrugar que no hace falta, nos juntamos en el Puente Oliván Silvia, J.C, Javi, Pol y este que escribe para bajar, una vez más (el que escribe, los demás no lo han bajado aún) el barranco Rimalo.
Pista a Sobrepuerto, parada en el desvío de Ainielle y senda que, en pocos minutos (previa sudada, eso sí) nos deja en la cabecera del tramo más majo del barranco. Claro que no todo iba a ser así de fácil. Nos empeñamos en encontrar una senda fantasma que nos sube un poco más arriba tras perder una hora jabalineando y nos deja a los pies de una cascada larga, que no bajamos. Lo que sí que hacemos son dos rápeles de chichinabo. Si es queeeeee. Bueno, pues almorzamos un poco y al lío.
Dos rápeles cortos y un curioso agujero entre estratos nos dejan en la cabecera d'o salto d'a Oya una cascada donde los de Ainielle decían que vivía una bruja y que hoy encontramos, claro, deshabitado. Hace días que marcharon las brujas de estos parajes.
Después de éste viene lo más espectacular del recorrido. Un tubo de 60 m en flysch donde, la primera vez que lo bajé, me salió una búha real que casi se me come... y todo porque tenía el nido allí con tres pollos que se me miraban con ojos como platos... qué poco hospitalarios son estos bichos, coño.
Bueno, que seguimos. A partir de aquí, el barranco, sin perder interés paisajístico si que pierde verticalidad y deportividad aunque hay algún rápel más y algún resalte que hay que pensar por donde bajarlo...y ya está. Llegamos a la pista y enseguida a los coches. Nos cambiamos en zerocoma y bajamos al Camping Valle de Tena donde se come de cojón a un precio más que razonable. Y eso es lo que dio de sí el domingo... en lo que a deporte se refiere... hubo más, claro, pero eso no lo vamos a contar porque no os interesa.


Domingo. Día despejado, pese a estar en alerta amarilla por tormentas. Después de barajar varias opciones nos decantamos, por eso de las tormentas, por la Pala de los Rayos, último pico de la Sierra de Partacua y el único que me falta de pisar (aunque de esto me enteraré mucho después...).
Madrugón recio, de esos que no nos dejan ni echar café porque está todo cerrado. Hasta Piedrafita y el parquing de Lacuniacha. Ahora, nos tenemos que armar de paciencia pues tenemos más de 10 km de pista que no se hacen especialmente pesados gracias al frescor matutino y a la conversación acalorada. Total, que cuando nos damos cuenta, estamos ya en la curva que nos indica que hemos llegado a la zona del Goluso donde la abandonamos. Ahora hay que ir a buscar la canal del pan que se intuye a nuestra izquierda. Previamente, nos tendremos que comer una pedrera que, a dios gracias, está asentada y con trazas de senda lo que hace que el avance sea más o menos rápido y más o menos cómodo. Al final, la pedrera se acaba y la canal se estrecha hasta convertirse en una trepada entre paredes. ¿Qué porqué canal del pan? pues porque, por aquí, les llegaba el sustento a
los sufridos pastores que pasaban los veranos allá arriba. Llegamos a la planicie donde está el ibón y encontramos a tres personas que han pasado allí la noche. Intercambiamos cuatro palabras con ellos, fotografiamos la mancha que dejó el avión que se estampó en la base de la Punta Bucuesa el 22 de junio de 1940 y que generó una leyenda que ha llegado hasta nuestros días e iniciamos la última parte de la ascensión por la arista noroeste que hemos leído que es fácil y más majo que la vía normal por el sur. Así que aquello se empina como picha de novio pero sin llegar a complicarse demasiado. Alguna vez -pocas- hay que apoyar las manos mientras el idílico ibón va quedando más y más abajo.
Llegamos a una cota intermedia y hay que perder altura por el sur. Allí, la cresta se afila notablemente y resultaría complicado -a la par que peligroso- pasar sin material apropiado. Así que bajamos un poco para descubrir lapiaces y parajes dignos de una película de Tolkien y coger una especie de chimenea herbosa que nos vuelve otra vez a la cresta. A todo esto, no hemos visto ni un puñetero hito, fita o cairn... quizir, que por aquí no pasa ni el Tato... claro, no llega a tresmil metros y está donde Cristo perdió las alpargatas... los que nos decimos montañeros, qué ironía, no nos gusta andar demasiado...
Con estas reflexiones, llegamos a un collado y buscamos paso por la vertiente norte que cae casi a pico hasta los prados de Lana Mayor, 700 m. más abajo. Afortunadamente, la estructura de la montaña, a base de fajas y estratos horizontales, nos permite ir de uno a otro ganando metros sin demasiada complicación. Eso sí, acojonar acojona un rato... una piedra que se ha ido al pisarla, desaparece muchísimos metros más abajo y, al rato, se oye el golpe seco al desintegrarse. Hombre, mi cabeza aguantaría más pero tampoco tengo ganas de comprobarlo. Pues con salud, alegría y alborozo, llegamos arriba en pocos minutos. Fotos, disfrute del paisaje y echar un bocado... para eso subimos. En esas puntas no hay nada más que eso y deleite para el espíritu que debe ser, quiero creer, lo que subimos a buscar tras pegarnos esos madrugones y esas horas de sufrimiento y esfuerzo.
La bajada la vamos a hacer por la cara sur, buscando el collado entre esta peña y Retona. Así conocemos otra ruta a ver cual es más maja.... pues sin duda la de la arista noroeste. Ésta por la que vamos es un caos de rocas, derrubios y karst de muy mal andar de forma que flanqueamos en cuanto podemos para ir a buscar la arista de subida.
Ahora ya nos queda la vuelta por terreno conocido. Bajada por la canal del pan, comida en los manantiales de Goluso y calcetinada larga por la pista, que se hace corta pese a todo, saboreando la conversación y la subida de un hermoso pico que, poco a poco, va desapareciendo en el horizonte. Aquí tenéis el track.
Hala pues... nos vamos a los Alpes.